miércoles, 18 de junio de 2014

SIN OTRA LUZ Y GUÍA SINO LA QUE EN EL CORAZON ARDÍA

"En una noche oscura" (Lc 15, 17-24)
Esta es una reflexión que nos dio el P. Wilberth (formador del área humana), espero que les ayude a reflexionar, especialmente si pasan por problemas:

La noche en la Biblia es la madre del día, en ella se gesta la claridad de la mañana (Gn 1, 1ss). La noche es la hora de descanso, de encuentro, donde se estrechan los lazos familiares, donde todo entra en sosiego pero al mismo tiempo es hora del peligro y confusión, donde la soledad puede hacerse más aguda, las horas eternas...

La noche sirve de lenguaje para el corazón del hombre, para expresar su dramática aventura. Es noche hacer consciente el inconsciente, encontrarnos cara a cara con toda nuestra realidad tal y como es; noche es descenso a los infiernos, es decir al fondo de nuestro ser que se debate entre las luz y las tinieblas, la adoración o la resistencia; noche es compartir con Jesús sus cuarenta días en el desierto; noche es pascua personal, la hora de terminar de asimilarnos a Jesús.

La noche es un momento clave de la vida, un largo y gradual proceso, con horas de dramática intensidad, donde por necesidad, dolor, angustia, soledad y simultáneamente por amor, que madura y busca su plenitud, se sale definitivamente de sí en búsqueda del otro, de la vida, de la felicidad, de Dios. Es una dicha, una dolorosa dicha, un parto.

Abraham salió de su tierra, pero la verdadera salida será el sacrificio de Isaac. Un día salimos o saldremos de casa, pero hay un salir más profundo, el salir de sí, del modo humano de sentir, imaginar y razonar, al modo divino, por medio de la fe, esperanza y caridad. Hasta ahora, a lo sumo se había conocido "el sosiego", la tranquilidad, pero no la plenitud.

Nunca tan oscura y nunca tan segura. Un ciego no puede guiar a otro ciego. Jesús es el camino, nadie va al Padre sino por él. El que nace del Espíritu y se deja conducir por él, no sabe de donde viene ni a donde va (Jn 3). Solo el ciego se deja conducir sin resistencias, ve que no ve y cree, y porque cree, ve y encuentra (Jn 9). La peor ceguera es no ver que no se ve, es refugiarse en una pequeña burbuja de luz en medio de la oscuridad y renunciar a las estrellas.

La razón esta madura cuando, humilde y sabiamente, comprende que es razonable dejar de razonar, y ha llegado la hora de escuchar y creer, para poder acceder más allá de sus estrechas fronteras. La voluntad está madura cuando es capaz de amar sin sentir y la memoria cuando, no teniendo imágenes donde hacer pie, es capaz de esperar.

Es un camino escondido, que nadie puede ver y donde no se ponen los ojos en otra coa que en esa luz que arde en el corazón. La memoria del amor es la guía, el único guía cuando ya no hay caminos y ni siquiera parece haber metas. Cuando la mente y los sentidos no saben, no entienden y no encuentran, el corazón tiene algo que decir, él sabe.

El corazón es un guía más cierto que la luz de mediodía, él sabe donde está el amor, donde está la vida. Pero como a los profetas, solo se los escucha en el destierro...El mediodía puede paradójicamente ser el momento más oscuro; nunca tanta luz se muestra insuficiente para entregarnos al que buscamos.

El corazón sabe adonde y quien. Solo el amor descubre la presencia. La vida y la felicidad no están en la gloria, el poder, en la fama, en el éxito, en el sexo, en lo extraordinario; sino en cada realidad, en cada circunstancia, aun en la más humilde. La vida y la felicidad están en descubrir el tesoro escondido, es decir, la presencia que encierra todo lo presenta. No está en lo que pasa sino en como se le vive.

La noche se hizo guía, se hizo amable a invitarnos a trascender, a penetrar, a salir y permitirnos encontrar al que está más allá. La noche nos hizo salir y nos permitió encontrar, pero es capaz de algo más profundo, es capaz de transformar. Salir es mucho, pero mucho más profundo que salir de un lugar es salir de un modo de ser a otro. Esa es la maravilla del amor, poder asemejarnos a aquel que amamos. La plenitud de la vida es comunión, la unión; y esta solo es posible en plenitud, cuando nos transformamos. A eso llamamos unión transformante, cuando el amor nos hace semejantes. No es extraño encontrarse con personas que se aman a tal punto que sin dejar de ser ellas son de alguna manera el otro.

Es duro sentir vacio y pobreza, pero tal vez es peor saberse lleno de vida, de amor, de sentimientos y no tener a quien darlos. Morir con el corazón sin estrenar es la esterilidad llevada al extremo. Otra forma no menos dura de soledad es haber entregado lo más profundo a quien no supo valorar ¿pero no es acaso el riesgo que corre todo el que se anima a la aventura del amor? ¿acaso no es el riesgo que corrió el Padre al ofrecernos a Jesús?

Saber acoger, con respeto y amor, lo más sagrado del otro, no es solamente amarlo con fineza, sino permitirle comprobar y manifestarle, lo que ha pasado con nosotros. Solo son capaces de encontrar los que han sido encontrados. Es preferible tener cicatrices en el corazón y no que se marchite aguardando mejor ocasión.

"Allí quedó dormido", un corazón duerme cuando encuentra otro corazón que vibra con la misma sintonía. Es Dios quien nos busca y es Dios quien duerme cuando nuestro corazón al fin lo acoge. Solo cuando somos capaces de creer que Dios o alguien duerme y goza al encontrarnos, podemos descansar. Descansar es quedarse y olvidarse, reclinando el rostro sobre aquel que nos ama. Allí cesa toda preocupación y búsqueda, allí podemos al fin abandonarnos en aquel que nos ama a su cuidado.

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